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lunes, 9 de abril de 2007

El “temido” anticristo


Un pobre diablo con ínfulas divinas alborota la intolerancia religiosa local.

La libertad de todos para ejercer la religión que más les plazca es lo único que me puede garantizar mi propia libertad para ejercer mis propias creencias sin temor a ser perseguido por ellas. Supuestamente vivimos en un país en el que la misma Constitución defiende ese derecho; sin embargo, en la práctica, resulta que la cosa no es tan así.

Sólo se necesito de un pobre diablo (¿o será Diablo?), de nombre José Luis de Jesús Miranda, que hasta hace poco se hacía llamar “Jesucristo Hombre” y ahora “el anticristo” para que brotara en autoridades religiosas y, peor aún, en las estatales, un supuesto celo por “proteger” a la ingenua población de los supuestos engaños de este charlatán.

Ahora resulta que, al igual que lo hicieron en otros países, las autoridades guatemaltecas primero prohíben a los simpatizantes del charlatán hacer una manifestación y luego le prohíben al “anticristo” entrar en el país. La ignorancia e intolerancia de las autoridades locales es tal, que el director de Migración, Santos Cuc, argumentó que la Ley de Migración lo faculta a prohibir el ingreso de un extranjero “por orden público o interés nacional”. ¿Cuál orden público o interés nacional iba a violar el “anticristo”?

Uno creería que lo que conocemos como “Occidente” ya había logrado superar esos aldeanismos de la intolerancia religiosa, principalmente después de haberlos sufrido tanto a manos de la “Santa Inquisición”; sin embargo, parece ser que no es así. Todavía algunos se creen superiores al resto y se consideran rectores y “defensores” de toda la partida de ignorantes que no podrán discernir por ellos mismos entre la “verdad” y el error.

En lo personal, considero que este señor Miranda no es más que un charlatán que se ha valido de la controversia en el imaginario colectivo del “666” para lograr fama y fortuna; no tengo ningún empacho en decirlo y lo he hecho desde que supe de su trayectoria desde hace unos años. Sin embargo, considero que él tiene todo el derecho de expresar sus creencias y que la gente debe ser libre de escucharlo y, si los convence, seguirlo. ¿No es eso lo que hacen todos los predicadores y seguidores de todas las demás religiones?

¿Quién puede erigirse a sí mismo como el discriminador de lo que la gente puede y no puede escuchar y creer? Sólo la mente soberbia de quien, en su ignorancia, considera que “su verdad” es la única aceptable y que es válido utilizar la coerción del Estado para hacerla valer.

Me pregunto: ¿cuál es la diferencia entre la intolerancia de los religiosos y autoridades locales y la de los extremistas musulmanes que están dispuestos hasta a matar a inocentes para implantar su “verdad”? A mi modo de ver, sólo varía el grado.

¿Tan difícil le será a la gente entender que debemos respetar la libertad de todos a perseguir su propio proyecto de vida?

Publicado en Prensa Libre de Guatemala el jueves 5 de abril de 2007.

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