El obispo Rodolfo Quezada Toru- ño publicó el ensayo “Volvemos a los tiempos de Nerón”, en el que da a conocer su oposición a la pena de muerte y la reinstauración del proceso de conmutación de la misma. Encuentro algunas incongruencias en la postura del obispo, que comento a continuación.
Indica: “Algún comentarista ha afirmado que el 90 por ciento de los guatemaltecos está de acuerdo con dicha pena. Pero, ¿hasta qué punto son fiables estas ‘estadísticas’?”. Yo mencioné la semana anterior esa cifra, citando encuestas pasadas; sin embargo, Prensa Libre hizo un sondeo por televoto, y de las siete mil 770 personas que votaron, el 97.4 por ciento está de acuerdo con la pena de muerte. El obispo se cuestiona si las personas “reaccionan con justa indignación ante tanta impunidad para asesinar”; la respuesta sencilla: sí.
De allí pasa a condenar el legado del famoso pulgar de Nerón. Al parecer, él condena el que se le imponga al presidente esa carga, “a pesar de todo un largo proceso judicial”. En otra parte también se pregunta “¿para qué, entonces, tener un organismo judicial?”. Yo estoy de acuerdo con él en ese punto; sin embargo, no debe reclamarles a los diputados, sino a los “defensores de los derechos humanos”, ya que ese procedimiento, como lo expliqué en mi columna anterior, no está ni en nuestra Constitución ni en nuestra legislación penal, sino que es un requisito exigido por la Convención Americana de los Derechos Humanos.
Luego, hace una digresión sobre los “diabólicos inventos” que el hombre ha creado para eliminar a otro ser humano, entre los que incluye hasta el hacha y la hoguera. Yo le diría que el problema no son los instrumentos, sino quien los utiliza, porque si a esas vamos, la quijada de burro, uno de los inventos mencionados, deshonraría a Dios, que lo inventó.
Después asevera: “Está comprobado plenamente que la pena de muerte no es disuasiva, como algunos opinan, sin mayor fundamento”. Yo le recomendaría que lea la columna de Luis Enrique Pérez del sábado pasado, en la que cita varios estudios realizados durante bastantes años que demuestran una correlación sobre esa disuasión. Eso solo para que en el futuro no sea tan categórico para afirmar algo que ignora. Yo creo que esto nunca se va a poder probar “plenamente”, ni en un sentido ni en otro, y existen estudios que “prueban” ambos extremos. De lo que estoy convencido es que a algunas personas la posibilidad de la pena de muerte les disuadirá de cometer un crimen mayor, mientras que a algunas otras, la posibilidad de la pena de muerte les vendrá del norte (lo que, al final, da un resultado positivo).
Ya no me queda espacio para más argumentos, por lo que me limitaré a comentar la frase de Juan Pablo II con que el obispo cierra su mensaje: “Nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho a matar de modo directo a un ser humano inocente”. Me pregunto: ¿por qué añadió Juan Pablo II la palabra “inocente”?