Luego de todos los sucesos desencadenados a raíz del asesinato de Rodrigo Rosenberg y el video acusatorio que grabó antes de morir, Álvaro Colom dijo en una entrevista a este diario, esta semana, que él es quien tiene el reloj en la mano y que, como ya aguantó lo peor, pues la crisis ya pasó. La realidad es muy distinta.
Creo que, si bien es cierto los ánimos se pueden ya haber calmado bastante y en la superficie pareciera ser que no mucho está pasando, el “caso Rosenberg” ha sido un parteaguas en nuestro país, y sus consecuencias las seguiremos sintiendo durante mucho tiempo.
El resultado más importante, a mi juicio, es haber despertado en muchas personas, especialmente en jóvenes, la conciencia de la terrible situación que estamos viviendo actualmente en Guatemala, que nos pone casi a la cabeza mundial de los países más violentos y en donde la vida de las personas, a juzgar por los hechos y noticias diarias, no vale nada.
Que no actuaron “organizadamente”, que se pudo haber hecho más, que no se logró lo que muchos querían, que muchos quisieran que se dieran “resultados” más rápidamente y que, de preferencia, se enviara a todos los corruptos y asesinos a la cárcel de un solo, probablemente es cierto, pero éstos “reclamos” no deben desanimar a nadie ni mucho menos los gobernantes creer que ya se acabó el escándalo y que pueden regresar a su vida normal.
Porque lo que destapó Rodrigo no se puede esconder tan fácilmente. Por el momento podrán contar con la complicidad del fiscal general, haciéndose de la vista gorda y buscando a los culpables de la “conspiración” sin siquiera mover un dedo para averiguar qué realmente está pasando en la institución a que Rodrigo se refería (no digo el nombre para que no me salgan con que estoy cometiendo el absurdo e inconstitucional delito del “pánico financiero”, pero todos saben cuál es), y no digamos la del superintendente de Bancos, quien ha sacado sus bajos instintos dictatoriales para defender a dicha institución en lugar de revisar lo que allí está pasando, como es su harta obligación.
¿Se creen todos ellos que podrán sostener la peña sin que tarde o temprano alguien se salga del guacal y empiece a filtrar documentos comprometedores? ¿Realmente creen que nunca nadie los va a investigar y que podrán salir avantes como si nada hubiese pasado?
Lo más seguro es que sí se lo crean. Y se lo creen porque están convencidos de que los guatemaltecos somos “llamarada de tusas” que unos días mostramos nuestro descontento, pero que rápido nos cansamos y dejamos que el status quo se mantenga.
Pero en esta ocasión creo que ese análisis y la arrogancia triunfadora que ya empiezan a mostrar van a estar completamente equivocados. Y es que no han tomado en cuenta un factor que antes no existía: la misma violencia que todos los días debemos enfrentar los habitantes de Guatemala. Esa violencia, fruto de la impunidad y la total incompetencia de los gobernantes para cumplir, siquiera, con esas obligaciones primigenias como son brindar seguridad y velar porque se imparta justicia.
Pero el tiempo pasa, y a todos los que en algún momento dado detentan el poder, aunque se quieren creer eternos, tarde o temprano, hasta el período “constitucional” se les termina y otros llegarán. Y si no antes, tal vez entonces conoceremos lo que allí pasó. No de balde reza la sabiduría popular: “A todo coche le llega su sábado”.
