Mi artículo de la semana pasada sobre el “anticristo”, así como los escritos por otros estimados columnistas, han generado una interesante controversia sobre la libertad de culto. El tema ha estado centrado en José Luis de Jesús Miranda, que se hace llamar el Anticristo, y en su intención de venir a Guatemala.
El principal punto en el que quienes hemos escrito al respecto parecemos ser incomprendidos es que no estamos defendiendo a Miranda porque somos fanáticos suyos. De hecho, las columnas que he leído, por ejemplo, de Dina Fernández o Estuardo Zapeta, no hablan precisamente bien de Miranda en particular.
Yo, desde que supe de él hace unos tres años, considero que es un charlatán que simplemente aprendió a manipular la controversia para su propio beneficio. Vea, si no, toda la publicidad gratuita que ha conseguido gracias a quienes cayeron en su trampa y se le han opuesto; lo que lograron es darle relevancia.Pero el punto no es si estamos o no de acuerdo con las “creencias” que predica. Lo que defendemos es ese derecho “sagrado” que tenemos todas las personas a creer en lo que queremos creer y dejar de creer en aquello que no queremos creer.
Defendemos ese derecho, conocido como libertad de culto, que nuestra Constitución dice defender y que ha sido una de las bases principales de la convivencia pacífica en sociedad. Defendemos el derecho de Miranda de predicar sus creencias y el derecho de los guatemaltecos a escucharlas y, si así les place, creerlas.El siguiente argumento es que “este tipo está loco” y que puede ser “dañino” para las personas, que va a “engañar” a muchas personas. A este respecto, yo considero que puede estar loco el tipo (que lo dudo mucho) y pueden estar más locos quienes le creen; sin embargo, no es esa una razón válida para que el Gobierno les restrinja su derecho a creer o no creer.
Se argumenta también que “ataca a otras religiones”. Pues yo prefiero que exista competencia en el tema religioso a que algún “iluminado” en el Gobierno decida lo que podemos y lo que no podemos escuchar.
Sí reconozco que la libertad de culto debe tener límites, pero son los mismos que tiene toda actividad dentro de una sociedad de personas libres y responsables, a saber, el que no se infrinja los mismos derechos que tienen todos los demás de creer en lo que más les plazca, sin coacción ni violencia. Si alguien recurre a la violencia contra los demás para imponer sus ideas religiosas, entonces sí es algo que no se debe tolerar.Ahora hemos llegado al colmo de que en el Congrueso aprobaron un punto resolutivo en el que se pide al Ejecutivo que impida el ingreso a Guatemala de toda persona que “pregone creencias contrarias a Dios”. Esto sí que es el colmo de los colmos. Algunos amigos, ateos confesos, de seguro tendrán que salir exiliados del país debido a esta nueva ola de “celo santo” de parte de los intolerantes congruesistas.
Publicado en Prensa Libre el jueves 12 de abril de 2007
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