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viernes, 24 de octubre de 2008

De vuelta al trote

Quienes me conocieron de adolescente saben que mi pasión era correr. Entrenaba dos horas diarias bajo el sol de la tarde de Reu y, cuando no estaba corriendo, soñaba con correr. Recuerdo que, en la puerta de mi cuarto, tenía una gran toalla con la figura de las piernas de un corredor. A donde fuera que iba, trataba de correr un poco y, aunque mi verdadera pasión y en lo que era competitivo siempre fue la velocidad, le entraba también a correr distancias largas por hobby.

Las decisiones que uno toma en la vida siempre tienen consecuencias, y una de las que yo tomé, todavía en la adolescencia, truncó esos sueños de competencia. A los 14 años, creía que ya tenía bien planificada mi vida y sabía lo que quería lograr. Sin embargo, a la vuelta de la esquina todo cambió y, cuando finalmente me dí cuenta de lo que sucedía, ya esos sueños de juventud habían quedado atrás.

No me quejo. Al final, fui yo quien tomé las decisiones, acertadas o erradas, maduras o inmaduras, pero fui yo, no le puedo echar la culpa a nadie más. Por supuesto que la vida te va dando jugadas que no esperas y, como decía Randy Pausch, uno no escoge las cartas que te da la vida, pero sí lo que hace con esa mano. En retrospectiva, si no hubiera pasado por todo lo que pasé, muy probablemente, no hubiera llegado a ser el libertario radical que ahora soy, ni al periodismo —que no estaba entre mis planes de la adolescencia, debo reconocer—, ni haría lo que ahora hago que tanto me llena de satisfacción.

Pero todavía estaba el sueño frustrado del atletismo. Se compensó un poco cuando a mi hija le empezó a gustar, sin que yo se lo inculcara. Comenzó a competir por parte del colegio y, en poco tiempo, llegó a lograr mucho, al grado que hasta compitió en un Campeonato Centroamericano en El Salvador. Pero así como llegó se fue, y ahora tiene otros intereses.

Correr se fue quedando en el olvido, hasta que llegó a mi vida Heidy. Ella es una persona realmente extraordinaria a quien, ahora, tengo el honor y gran gusto de considerar una de mis mejores amigas. Una de sus tantas cualidades es que le gusta correr y participar en competencias. De tanto insistir, logró motivarme a meterme a una carrera, en la que participamos con mi hija y, aunque no la terminamos —era irracional pensar que la podía terminar considerando que tenía más de 20 años de no correr y no había entrenado nada—, el solo hecho de estar en la competencia y sentir de nuevo la adrenalina de ese gusto por correr, me dejó picado.

Sin embargo, necesité un empujón más para recomenzar. Este vino de otra amiga, Michelle, quien me retó a correr para reencontrarme con ese patojo disciplinado y competitivo que se quedó en Reu, cuando dejé de correr.

Pues bien, hace un par de meses empecé a correr nuevamente, y la experiencia ha sido increíble. Como era de esperarse, ya uno está bastante oxidado, por lo que tuve que pasar por el médico para revisarme una inflamación en una rodilla y, luego, un período de reacondicionamiento, pero sigo emocionado. Hacía mucho tiempo que no me sentía así. La semana pasada, junto con Heidy, corrí y terminé mi primera carrera de 10 kilómetros en muchísimos años, y la verdad es que disfruté sobremanera la experiencia. Ya nos preparamos para otras dos carreras, en noviembre.

Con base en mi experiencia, le digo que si por algún motivo la vida lo llevó lejos de sus sueños de juventud, nunca es tarde para reiniciar. ¡Anímese!

Artículo publicado en Prensa Libre el jueves 23 de Octubre de 2,008.

jueves, 31 de julio de 2008

Vida y amigos

Aunque hay muchas cosas importantes en la vida pública que comentar, como la irracional subida de tasas de interés o las arcas abiertas de la corrupción que será Petrocaribe, hoy quiero tocar otro tema que, aunque parezca trivial, no lo es.

El fin de semana pasado tuve dos experiencias que me hicieron reflexionar mucho. La primera fue el deceso, el viernes por la mañana, de Randy Pausch. La segunda fue mi visita a Reu, para el 50 aniversario del Colegio D'antoni, donde estudié la primaria y los básicos.

Randy Pausch fue un catedrático de realidad virtual, en la Universidad de Carnegie Mellon. Aunque ya era conocido en el ámbito de la informática, su verdadera fama llegó al final de su vida, apenas a los 47 años. El 18 de septiembre pasado, dictó “La última conferencia”. En su caso particular, esto era especialmente cierto, ya que un mes antes le anunciaron que un cáncer pancreático se le había extendido y ya no había nada que hacer, que se preparara porque le quedaban pocos meses de vida.

Se preparó a través de su última conferencia, que tituló: “Alcanzando de verdad sus sueños de la niñez”. En ella cuenta los sueños que tenía de niño y cómo logró realizar la mayoría, menos el de ser jugador profesional de futbol americano, aunque de ese sueño frustrado fue que aprendió más cosas. Luego explicó cómo surgió en él el interés por apoyar a otros en alcanzar sus sueños. Por último expuso las lecciones aprendidas, como, por ejemplo, buscar la bondad en las otras personas, ver las “paredes de ladrillo” no como obstáculos, sino como retos, y vivir una vida generosa. Al final de una charla muy conmovedora, contó que la había presentado, no para los allí presentes, sino como legado a sus tres hijos. “Intento meterme dentro de una botella, que algún día llegue a la playa para mis hijos”, dijo posteriormente.

La conferencia fue filmada y puesta en Internet, donde fue vista por millones de personas, lo que le dio a Randy la fama en sus últimos meses de vida. Luego se publicó una versión en libro, que rápidamente alcanzó el primer lugar de ventas y fue traducida a 30 idiomas. En mi blog, jorgejacobs.com están los vínculos.

La segunda experiencia fue mi visita a Reu. Cuando salí de la casa de mis papás, en enero de 1982, muy a lo interno, sabía que era para nunca más volver. Y fue cierto en el más extremo de los casos, ya que, por diversas circunstancias de la vida, mi relación con ese lugar se vio cortada de tajo. Aunque he ido de visita en repetidas ocasiones, nunca realmente regresé.

Esta vez fue distinto. Aunque me enteré de última hora, iba con el propósito ex profeso de reencontrarme con mi pasado. Y la experiencia, la verdad, no pudo ser mejor. Tuve oportunidad de visitar los lugares donde crecí, pero más importante aún, reunirme, conversar, reír, con muchos amigos con quienes compartí momentos muy especiales de mi vida, que con el pasar de los años se van perdiendo entre los recuerdos. Lo más importante, quizá, es que seguimos siendo las mismas personas que nos conocimos hace tantos años. Un poco más panzones, la mayoría, eso sí, pero lo importante no ha cambiado.

¿La reflexión final? En mi caso, creo que hay momentos en la vida en que debemos detenernos y ver si en lo que estamos afanados es realmente lo importante, o si estamos dejando tiradas en el camino piezas importantes de nosotros que al final son las que realmente cuentan… P.S. Vea las fotos en mi facebook.

Artículo publicado en Prensa Libre el jueves 31 de julio de 2,008.