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jueves, 6 de mayo de 2010

Electrocutados

Aquí mismo podemos ver el resultado, una década después, de dos caminos distintos...


Muchas personas están cuestionando el aumento en los precios de la energía eléctrica. Como suele suceder, las quejas se enfocan en los efectos y no en las causas. Y ese suele también ser el problema siempre con las políticas públicas. El problema en las tarifas de energía eléctrica no es que las suban cada trimestre; el problema viene desde el hecho de que no están sujetas a la competencia, sino a la decisión de un pequeño grupo de personas. Si queremos realmente progresar, algo para lo cual la energía eléctrica es vital, lo que debemos hacer es abrir la distribución de la electricidad a la competencia.

Como un caso muy especial y quizáúnico en el mundo, Guatemala se convirtió en la última docena de años en un experimento interesantísimo entre dos caminos distintos tomados en políticas públicas: las telecomunicaciones y la electricidad. A finales de la década de 1990, se aprobó el marco regulatorio que rige actualmente cada una de esas actividades. Ambos fueron propuestos por la misma administración (la de Álvaro Arzú) y ambos fueron aprobados por el mismo Congreso; sin embargo, las dos difieren casi diametralmente en su visión de cómo se deben resolver los problemas.

La de telecomunicaciones establece un marco abierto completamente a la competencia, en la que los precios, los productos y los servicios los determina, en última instancia, la competencia entre los distintos proveedores, quienes se ven obligados a competir para ganarse el favor de los consumidores y no andar buscando prebendas a través del tráfico de influencia con los “reguladores”. El resultado está a la vista de cualquiera. De ser un país en el que por esas épocas llegábamos a los cinco teléfonos por cada cien habitantes, hoy en día existen muchos más teléfonos que personas en Guatemala. En telefonía móvil tenemos tarifas de las más bajas del mundo y, lo más importante, el celular se ha convertido en una herramienta importantísima de trabajo hasta para los más pobres.

¿Y la electricidad? Allí se tomó un camino distinto. Se abrió la posibilidad para que cualquiera pudiera entrar a producir energía eléctrica, lo cual es bueno. Se permitió que los “grandes consumidores” pudieran negociar libremente con los generadores las condiciones en las que les comprarían la energía, lo cual también es bueno. Pero a los consumidores finales se les confinó en tarifas fijas, algunas de las cuales son subsidiadas por otros de los usuarios. Se argumentó que la distribución de la electricidad es “muy especial”, y que no se podía tener varios proveedores y que, por tanto, no se podía abrir a la competencia. En su defecto, se instauró un “ente regulador” (la CNEE) responsable de establecer los precios, y supuestamente de velar porque no se abuse de los consumidores.

El resultado también está a la vista. Se han establecido varias plantas de generación de energía en el país. Existirían varias más, de no ser por la absurda oposición de los “ambientalistas” a las hidroeléctricas. Pero el usuario final sigue estando amarrado a un solo proveedor (aunque distinto, dependiendo de la región) y a tarifas decididas por el “ente regulador”.

La solución pasa por abrir también la distribución de la energía eléctrica a la competencia, y no por la “estatización” de la electricidad, como lo pedían algunos manifestantes ayer. Si la historia reciente de Guatemala en esos dos campos no es suficiente evidencia para convencer a alguien, simplemente no lo quiere ver.

Artículo publicado en Prensa Libre el jueves 6 de mayo de 2,010.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Teléfonos a la fuerza

En plena crisis financiera y tratando de encontrar el mejor camino para salir de la misma, me sorprende ver en algunos medios “serios” de comunicación y en alguna medida en correos electrónicos masivos la idea de que el uso de celulares del que hacemos gran parte los guatemaltecos hacen que el “capital” y las “ganancias” sean trasladadas a las grandes trasnacionales de telefonía.

Si no mal recuerdo, antes de 1996, año en que entró en vigor la Ley de Telecomunicaciones y se privatizó Guatel, comunicarse entre nosotros mismos era una tarea titánica. La inoperancia e incapacidad de la empresa estatal para proveer de ese servicio a la población hizo que las líneas telefónicas se convirtieran en un bien de uso suntuario —de lujo, para mayores señas—. Se debía esperar una eternidad para la instalación, si se recurría a un procedimiento normal, y si era de mucha urgencia, una que otra mordida por aquí y por allá garantizaban una línea telefónica, sin que esto significara un servicio regular, pues de hecho no funcionaba siempre.

Hoy, gracias a la competencia que existe entre esas trasnacionales, pocas personas en Guatemala no disfrutan de la comodidad de comunicarse. Y en esto de comunicarse entra en juego tanto los negocios como la vida privada de las personas, quienes no fueron obligadas a comprar ni los aparatos ni los servicios, mucho menos escoger una de las varias compañías que prestan el servicio. Es simplemente el mercado el que hace que el capital fluya hacia aquellas actividades que son productivas.

Si alguien quiere arriesgarse a quedarse incomunicado en medio de una crisis en una carretera a media noche, o perder su dinero por una información que podría conocer con una llamada de celular, es problema de cada quien, pero me parece retrógrado que aún hoy algunas personas piensen que los guatemaltecos estamos siendo esquilmados por las trasnacionales con los servicios de telefonía móvil. ¿Cuándo, con los niveles de mercantilismo e intervencionismo que tenemos en el país, alguien podría decidir invertir millones de dólares para echar a andar una empresa de telecomunicaciones celulares? Ha quedado demostrado, y algunos ejemplos aún persisten, de que la oferta de servicios por parte de cualquier Estado resulta cara y onerosa, no solo en el desperdicio de recursos a costa de todos, sino en la inoperancia e incompetencia de los mismos.

Si usted quiere tragarse ese cuento del abuso de las compañías trasnacionales, también debería dejar de comprar televisores, radios, automóviles, no ver el cable, e incluso quedarse desnudo, no sea que la compra de jeans y ropa casual se lleve el “capital” guatemalteco para engordar a las empresas extranjeras.

Alguna personas, lamentablemente, piensan que la pobreza y el aislamiento son signos de resistencia, patriotismo y dignidad, pero ya llegó el momento de que aceptemos, con evidencias claras y concretas, que es el libre mercado el que al final puede sacarnos de la podredumbre en la que nos encontramos. Y aunque nos veamos entre crisis financieras y falsos discursos en defensa de nuestro “capital”, recordemos que nuestra mejor opción es el libre mercado.

Por último, lo invito a que este viernes 19 se vista nuevamente de luto para protestar contra más impuestos, y el sábado 20, a que nos acompañe en El Obelisco, a las 9.30 de la mañana.

Artículo publicado en Prensa Libre el jueves19 de Septiembre de 2,008.