Este es un lugar en el cyberespacio para compartir ideas. Las mías, en particular, se centran alrededor de la libertad individual que nos permite desarrollarnos y llegar a ser todo lo que queremos ser. Mis Ideas se publican originalmente todos los viernes en el diario Prensa Libre de Guatemala.
jueves, 12 de marzo de 2009
Niño símbolo
Yo no creo que sea tan sencilla la cosa. Si bien es cierto no creo que la crisis sea tan grave como algunos han pensado, sí estoy convencido de que muchas de las acciones de los gobernantes la profundizarán.
No podemos esconder la cabeza en la arena y dejar de ver la inundación de papel moneda que los bancos centrales de Estados Unidos, Europa, Inglaterra y otros están haciendo. Basta con ver un par de gráficas (las puede encontrar en www.jorgejacobs.com) para percatarse de que la consecuencia principal de los “planes anticrisis” es un crecimiento desmesurado de la masa monetaria, que tarde o temprano habremos de enfrentar.
Si no entendemos las causas de un problema, difícilmente podremos encontrar una solución. Quedarnos contentos con los argumentos superficiales de que la causa es el capitalismo y no querer profundizar más en las verdaderas causas de la crisis es una postura fácil y cómoda, pero que no nos ayudará en nada a salir de la crisis.
En el caso de la actual crisis, creo que hubo una conjunción de muchos factores, pero los principales, como ya lo he comentado en anteriores ocasiones, fueron la política monetaria de la Reserva Federal, los créditos de vivienda obligatorios y la obstaculización de las compras hostiles de empresas.
La política monetaria de la Reserva Federal, que a lo largo de su historia ha demostrado hasta la saciedad que es un péndulo con el cual sus directores (Greenspan, Bernanke, et al) tratan de adelantarse al mercado, pero siempre se equivocan, calculan mal y les sale el tiro por la culata. En este caso particular, la baja de las tasas de interés fue la semilla que alimentó la crisis inmobiliaria. Ahora están haciendo exactamente lo mismo, solo que ampliado exponencialmente.
Luego está la política de “casas para todos”, que forzaba a las entidades bancarias a autorizar préstamos riesgosos. Esta fue otra de las semillas de la crisis.
La parte de la crisis que se atribuye a las grandes corporaciones tiene sus raíces en los incentivos que tenían muchos de sus ejecutivos que les llevaron a tomar decisiones equivocadas. Nuevamente, la raíz viene de más atrás. Durante la década de 1990, ejecutivos de las grandes corporaciones presionaron al Congreso para que se pasara legislación para evitar las compras “hostiles” de las empresas. Los políticos les hicieron caso y obstaculizaron el mecanismo de mercado para reemplazar a los malos ejecutivos. En pocas palabras, les dieron impunidad a las consecuencias de sus decisiones. El resultado lo podemos ver en los estados financieros de muchas de esas corporaciones el día de hoy.
El problema es que las decisiones que están tomando Obama y muchos otros líderes no buscan eliminar esas causas, sino las profundizan. Todo lo cual pinta mal para el futuro.
En una nota publicada el martes en los servicios financieros, Randy Frederick, director de una empresa de corretaje de bolsa, llamó a Citibank “el niño símbolo de toda esta crisis financiera”. Y aunque esta es la esperanza de muchos, yo creo que los problemas continuarán mientras se repitan los errores que nos llevaron a la crisis.
Artículo publicado en Prensa Libre el jueves 12 de marzo de 2,009.
jueves, 1 de mayo de 2008
No metan mano
Siempre existirán quienes creen que pueden tener un conocimiento tan amplio y grande de lo que está pasando en la economía que pueden llegar a “manipularla”, “controlarla” o de alguna manera “manejarla” a su sabor y antojo. Esa fatal arrogancia es la que nos ha llevado tantas veces al despeñadero, no solo en Guatemala, sino en todas partes del mundo, incluidos los Estados Unidos.
Esa característica se manifiesta especialmente en los “responsables” y técnicos de los monopolios de la emisión monetaria, más conocidos como bancos centrales, quienes dedican su tiempo a “administrar” las variables que tienen a la mano, para ver si logran llegar a esa codiciada meta de la “estabilidad”.
Para ello, abren por un lado un grifo, solo para percatarse de que el agua que salió tiene efectos no únicamente en la variable que les interesaba, sino también en muchas otras, así que tienen que ver cómo del otro lado abren un hoyo que se trague el agua. Pero cuando finalmente logran sacar el agua, se percatan del alto costo que esa acción les representó y que adicionalmente la variable que al inicio les interesaba, nuevamente se fue por donde no querían, así que sacan más agua, para luego ver cómo hacen para sacarla de nuevo, y así, ad infinítum.
Esa es la triste y cruda realidad de todos los banqueros centrales, incluido quien hasta hace poco era casi el superhéroe de los mercados, Alan Greenspan. En su caso, la historia es larga pero se resume en que las decisiones monetarias que se tomaron en la última década están en la raíz de los problemas actuales de la economía de Estados Unidos. Por supuesto que él ya no está allí y todavía le dio tiempo de sacarle raja personal al asunto, asesorando a un fondo de inversión que ganó varios miles de millones de dólares en la debacle de las subprime.
Volviendo al caso de Guatemala, el banco central y la Junta Monetaria se han dedicado a manipular la cantidad de dólares, de quetzales y la tasa de interés, a sabiendas (esperaría yo) de que lo que hacen con una mano luego lo tienen que deshacer con la otra, porque si no se les va de las manos.
Pero su maldición, como la de todos los bancos centrales del mundo, es que cualquier variable que toquen, como todas están interrelacionadas, afecta otras muchas y después de “resolver” un problema, resulta que crearon uno o varios más, y de allí tienen que “lidiar” con ese nuevo problema, lo que a su vez les ocasiona otro, y así sucesivamente.
Suben la tasa de interés, supuestamente para reducir la inflación (que ellos mismos habían provocado), pero luego resulta que esa subida ocasiona una contracción en el crédito y los medios de pago, lo que a su vez ocasiona que el quetzal se aprecie en relación con el dólar; entonces salen a comprar dólares, por supuesto, con quetzales, los que tarde o temprano van a tener que salir a “sacar” del mercado, para que no ocasionen más inflación, pero de allí resulta que lo que ellos “neutralicen” lo hacen al costo de tener que pagar intereses, y así siguen las infinitas concatenaciones de acciones y resultados, algunos incluso insospechados por ellos mismos.
La cosa es que es un juego de nunca acabar en el que nos tienen metidos por la pura arrogancia de considerarse superiores al mercado. Si fueran tan solo un poco más humildes, se percatarían de que estaríamos mejor sin que ellos tengan que estar metiendo mano en la economía para justificar su razón de existir.
Artículo publicado en Prensa Libre el jueves 1 de mayo de 2,008.